EL TINKU

¿Dos funerarias en una aldea de 1000 habitantes? Macha, es una población del departamento de Potosí (Bolivia) situada en el centro de un área desértica. Unas decenas de construcciones de adobe, que las hace mimetizarse aun más con el paraje de los alrededores, rodean una plaza cuadrada en el centro de la villa.

Tinku –en quechua “encuentro”-, es una  fiesta en la que se reúnen los habitantes de los ayllus, comunidades que se originan en el asentamiento de una sola familia, se celebra en varias poblaciones repartidas por todo el altiplano boliviano, siendo la que se hace  en Macha la más numerosa e importante. 

A primera hora de la mañana del 4 de Mayo, Macha empieza a llenarse con las primeras comunidades que hacen su entrada en la plaza. El “Alférez” llega portando  una cruz de madera con un Cristo, representado solo por una cara, muy tosca, realizada en escayola o madera y cubierta por  la “Montera” -casco como el que usaban los soldados españoles-, un poncho,  bufandas de colores y la “Chuspa”, el bolso donde guardan las hojas de coca. Detrás, los músicos con las zampoñas y un charango que no pararán en todo el día de repetir la misma melodía “Jula Jula” como un mantra, las jóvenes “Imilla Wawas” ondeando la bandera blanca para purificar el ambiente  y los luchadores, que bailan y saltan dando vueltas en un circulo, en cuyo centro las mujeres cantan letras  que no dejan de ser mas que una mofa de las comunidades vecinas y rivales.

La indumentaria tradicional de los hombres los identifica con la comunidad a la que pertenecen, la “Montera” realizada en  cuero y con la forma del casco de los conquistadores, se adorna con plumas de suri, las “Sicas“, son unas polainas de telas de colores, el “Waylla Wallya“ es una bufanda que se anuda en la cintura colgando hasta el suelo, simulando la cola de los caballos. En los  brazos y rodillas cuelgan cascabeles anudados con cintas y en las manos los “Ñuckus” puños de cuero con tachuelas metálicas para las peleas.

Las mujeres llevan el traje tradicional y es el sombrero el que identifica su estado civil, blanco para las solteras y muchos de ellos negros con una flor rosa para las viudas del Tinku.

Al mediodía, con la plaza abarrotada, comienzan las peleas en el ring oficial, un pequeño espacio que a duras penas consiguen abrir entre la multitud los veinte policías que se encargan del orden. La lucha es de uno contra uno y participan jóvenes, mujeres y ancianos. Cuando uno de los contrincantes cae al suelo, los separan, y si alguien intenta ayudar a algún combatiente, será repelido a latigazos por la policía. Hay veces en que la pelea se generaliza entre varios contendientes o entre comunidades completas y entonces son dispersados usando gas pimienta o bombas de gases lacrimógenos.

El enfrentamiento va subiendo de intensidad  al igual que el nivel de inconsciencia alcohólica y en las aceras o en medio de la plaza reposan cuerpos con la cara abierta por el efecto del Ñuckus  o con las narices rotas y otros cuerpos a los que no me atrevo a acercarme para ver si solo están en  un coma etílico o lamentablemente en algo más irreparable.

Por la tarde me comentan que la pelea se trasladará al río y los puños se cambiaran por piedras y los brazos por hondas, pero a esa hora ya he visto  una buena dosis de violencia y brutalidad y estoy en el coche camino de Oruro.

Al día siguiente se contará que el Tinku se celebró como todos las años, que la tradición continúa con normalidad y  los cadáveres habrán sido enterrados discretamente.